Calgary Alberta

Calgary: Jaula de cristal

Hay ciudades en las que sólo necesitas unas horas para darte cuenta que son difíciles. Calgary es una de ellas. Una pequeña jaula de cristal donde el caudal de dinero que corre por ella hace olvidar el frío y el aislamiento geográfico.

Calgary es la tercera ciudad– quinta área metropolitana- más poblada de todo Canadá y la más importante de la región de Alberta, en el oeste del país. Como casi todas las ciudades de esta parte del mundo, su fundación es reciente -fue fundada en 1875- y su explosión económica y demográfica sólo ha llegado a partir de la segunda mitad del siglo XX, lo que supone que los restos históricos que podemos ver en sus calles son escasos y recientes.

Calgary se ha convertido, en su poco más de un siglo de vida, en una ciudad tipo norteamericana, con un centro reducido dominado por rascacielos y edificios de oficinas y unos suburbios tan enormes y residenciales como desprovistos de toda vida y personalidad que extienden un paisaje urbano de casas bajas y jardines durante decenas de kilómetros.

Geográficamente, a Calgary podemos definirla como la frontera entre las Montañas Rocosas y las Praderas. Desde lo alto de la Calgary Tower podremos divisar las montañas en los días soleados y no tendremos que desplazarnos mucho hacia el oeste para encontrarnos con la vista de las Montañas Rocosas nevadas casi todo el año o áreas turísticas como las de Banff. Al este, por su parte, se extienden cientos de kilómetros de praderas tan despobladas como ricas en trigo que se extienden más allá de Alberta y se prolongan por Saskatchewan y Manitoba hasta llegar al oeste de la provincia de Ontario.

El petróleo pone de moda a Calgary

Calgary es, hoy, una ciudad de moda gracias al petróleo de Alberta, hasta el punto de que la historia de ganadería, el ferrocarril Canadian Pacific y la parafernalia cowboy bajo cuyo paraguas nació la ciudad ha quedado como poco más que un detalle friki en una ciudad en la que ahora reinan las compañías energéticas.

Alberta ha revivido con el petróleo la fiebre del oro de tiempos pasados. La explotación de las arenas asfálticas en el norte de la región ha dado origen a una industria que recluta a miles de trabajadores a cambio de sueldos astronómicos. Alberta no es la única región de Canadá que cuenta con este recurso natural, pero ha sido -de momento- que más se ha decidido dejar a un lado cualquier preocupación medioambiental o reparos por ocupar tierras de las Primeras Naciones y se ha echado en brazos del dinero del petróleo. Otras, con British Columbia a la cabeza, se lo siguen pensando.

The Bow Calgary

Escultura a la entrada del rascacielos The Bow, el edificio más alto de todo el Oeste de Canadá, inaugurado en 2013 y sede de una compañía del sector de la energía.

En Calgary, sin llegar a los extremos de la diminuta Fort McMurray -centro de esta industria en la región- o la capital provincial, Edmonton, el petróleo también ha dejado una lluvia de dinero y trabajo en el sector para jóvenes cualificados, trayendo consigo la carestía de la vida, crecimiento de la población y una innegable burbuja inmobiliaria.

En mitad de la casi nada y sufriendo el oligopolio aéreo

Pero la lluvia de dólares no puede camuflar determinadas realidades que hacen de Calgary una ciudad difícil. El primero de ellos, el aislamiento geográfico. A miles de kilómetros de distancia de las grandes ciudades canadienses del este del país y a una noche de autobús de Vancouver. Apenas con Edmonton -”Deadmonton” que también la llaman las malas lenguas- como única ciudad grande relativamente cercana.

Como muchas otras ciudades canadienses, muy cerca de la frontera estadounidense, pero le sirve de poco. Mientras Vancouver y Seattle son ciudades casi hermanas y Toronto tiene a Buffalo a dos horas como una válvula de escape hacia el resto de Estados Unidos, cruzar la frontera más cercana a Calgary significa cambiar los bosques canadienses por los bosques de Montana, en mitad de la nada del oeste estadounidense.

Con los servicios de trenes regulares eliminados -queda tan sólo la línea turística del Rocky Mountaineer que la comunica con Vancouver atravesando las Rocosas-, a quien quiera salir de Calgary sólo le queda la opción de muchas horas de coche, esos autobuses de Greyhound que se eternizan en cruzar el país o el avión. Por supuesto, el avión es la única alternativa deseable.

Porque parece mentira en el mundo de hoy decir que una ciudad está aislada cuando cuenta con un aeropuerto internacional. Pero cuando tu única alternativa para comunicarte con el resto de ciudades grandes de tu país son trayectos interminables de coche o de autobús, puedes caer en la tentación de pagar lo que sea por un billete de avión. Y ese “lo que sea” lo aprovechan fantásticamente las dos compañías aéreas presentes en el oligopolio aéreo canadienseAir Canada y WestJet– y que hacen que cualquier billete desde Calgary a otros puntos del país acabe disparándose siempre por encima de los 200 dólares por trayecto. No es raro que, en algunas ocasiones, un billete de ida y vuelta desde Toronto sea tan caro o más como uno desde Europa.

Así pues, Calgary es un sitio en el que vivir supone tomárselo con calma y saber que salir de allí a cualquier otra ciudad de referencia de Norteamérica supondrá mucho tiempo o dinero. Una pequeña cárcel de rascacielos de cristal donde el dinero y el bellísimo patio de prisión que suponen las vecinas Rocosas hacen que la vida sea mucho más fácil.

El frío en Calgary y la vida en el interior

“Has traído el frío”, me dijeron el día de principios de octubre que llegué a la ciudad. Esto, que es poco menos que una anécdota en España, me lo decían con un verdadero lamento en Calgary, como si fuera realmente un pájaro de mal agüero. Fue el día de la primera helada del año y la despedida de un tiempo razonable hasta el año siguiente.

Que Calgary es un sitio difícil empecé a intuirlo a los pocos pasos de mi primer recorrido por la ciudad. En plena calle 8th SW -la que conserva algo del carácter original de la ciudad embutida entre los rascacielos modernos-, un día nublado, pero aún decente, a las diez de la mañana prácticamente no había nadie por la calle. Tuve que mirar mi reloj dos veces para comprobar que el cambio horario no me había jugado una mala pasada.

Calgary Downtown

Mañana de un día laborable de otoño en la calle 8th SW de Calgary, la más histórica del centro.

¿Dónde está la gente? No tardé mucho en descubrirlo. Bastó con entrar a alguno de los edificios de la zona para ver que el movimiento que se le suponía a las calles se había quedado en ellos. El CORE, el gran centro comercial de la ciudad, bullía de actividad a mediodía en los foodcourt donde los oficinistas se reunían para comer. No les hacía falta ni coger la chaqueta. Salían de su oficina, buscaban el pasillo correspondiente y aparecían en el área de restaurantes de comida rápida sin pasar por la calle.

La red de pasillos que comunica todos los edificios del centro de la ciudad se llama el +15 y se diferencia de otras como el PATH de Toronto o el RESO de Montreal en que comunica los edificios por pasarelas elevadas y no por el subsuelo. Desde ellas se puede tener, por lo menos, una vista de la ciudad y algo de luz natural y elemento de orientación, cuya ausencia hace de las de Toronto y Montreal auténticos laberintos para perderse. Si a principios de octubre, aún con algún grado sobre cero en el termómetro, la vida se hace en el interior; es fácil imaginarse lo que puede ser en un día nevado y con varios grados bajo cero.

Y eso que a Calgary le salva de chinook de estar entre las ciudades gélidas del mundo. El chinook es el viento del oeste que llega en invierno de las Rocosas y la Columbia Británica y que se basta para subir la temperatura hasta 10 grados, convirtiendo días de frío insoportable en algo un poco más humano. Aun así, la vida se hace en el interior de los edificios.

Con una excepción: corren. La orilla del río Bow alberga un parque con unos caminos excepcionales para correr que, a los que -el día de mi llegada- les estaban dando buen uso. Ceno con mis amigos Mónica y Kike, que me dicen que también lo hacen el resto del año, por mucho frío que haga, y que se forran con toda clase de ropas para no dejar de hacerlo.

Calgary es caro

Mónica y Kike llevan un tiempo por aquí -algo más él que ella- y, de momento, parece que se encuentran bien con esa vida más tranquila que la que podían tener en Madrid. La única queja que tienen es que la gran mayoría de actividades de vida cultural y ocio están enfocadas a gastar dinero. El agradable y acogedor Calgary Outdoor Club que me presentó parecía una alternativa menos enfocada a gastar dinero y más a disfrutar de la compañía de otras personas.

Eso es algo que parece inevitable en Calgary. Cuando el frío hace inviables las actividades al aire libre durante muchos meses al año y la única opción para moverse por el centro es recorrer pasillos entre edificios y tiendas de centros comerciales, todo está orientado a que te gastes esa ingente cantidad de dinero que circula por la ciudad.

Calgary Mall

Jardín tropical en la planta superior del centro comercial CORE, en el Downtown de Calgary.

Calgary es caro. El dinero circula en abundancia y lo que te queda después del chantaje de la burbuja inmobiliaria local lo tienes que gastar de alguna manera. Los elevadísimos precios de los billetes de avión y las distancias hace que las escapadas turísticas a otras ciudades queden para momentos señalados. Te quedan las Rocosas para esquiar en invierno o disfrutar de su naturaleza en verano o, si prefieres no salir de Calgary, los meses de invierno te tienes que dejar el dinero en alguna de sus alternativas de ocio a cubierto.

Los contrastes de Calgary: las personas sin techo

Esa cantidad de dinero que corre por la ciudad y la imagen de opulencia de los rascacielos del centro hacen que las imágenes de la pobreza en la ciudad supongan un mayor contraste. Las calles vacías de los días fríos y el movimiento de los pasillos del +15 hace visibles a los que no tienen motivos para moverse de ellas: las personas sin techo. Muchas, demasiadas, en el centro de la ciudad. Algunos dando vueltas entre las calles, otros muchos pasando el tiempo como pueden eternizando un vaso de papel de café del Tim Hortons sentados en los foodcourt de algún centro comercial del downtown.

Primero encuentras a las personas sin hogar y luego reparas en las decenas que carteles que, bien visibles, les prohiben quedarse en casi todas partes. Los carteles con las palabras No loitering -un término para el que no encuentro traducción directa en español aparte del despectivo “vagabundear” y que podríamos traducir como “no quedarse en un sitio sin motivo”- son muy frecuentes en América del Norte, pero casi siempre aparecen casi vergonzosamente en lugares secundarios de los establecimientos.

En Calgary, sin embargo, ocupan los lugares más visibles de muchos locales públicos o privados. Resulta chocante, incluso, que las mismas autoridades locales que ponen carteles en el parque para pedir que no se dé de comer a los patos porque es una comida con poco aporte nutricional, pongan señales bien visibles en el metro prohibiendo que la gente se quede en el vestíbulo.

Calgary homeless

Contraste de dos carteles en Calgary. Uno se preocupa por la calidad nutricional de la comida que reciben sus patos, mientras que otro es uno de los muchos y bien visibles letreros de “No loitering” que están presentes en lugares públicos de la ciudad.

Mónica me cuenta que muchas de estas personas sin hogar pertenecen al colectivo de los denominados First Nations (el término que se utiliza en Canadá para definir a las personas que habitaban el país antes de la llegada de los europeos). Así como en las grandes ciudades del este han quedado diluidos y casi sin presencia, la discriminación y las dificultades de este colectivo para integrarse en la sociedad canadiense son mucho más visibles en Alberta, donde están mucho más presentes. Durante décadas fueron comunidades perseguidas y maltratadas. Hoy, pese a las ayudas y el esfuerzo para su integración en la vida laboral y social del país, siguen viéndose muy afectados por la discriminación y la marginalidad.

Calgary es una ciudad dura. Incluso la forma de hablar de sus habitantes resulta algo más áspera que la de otras zonas de Canadá. Una ciudad donde corre el dinero, pero que su crónico aislamiento hace que se parezca demasiado a lo que sería una jaula de cristal y acero, como los rascacielos de su downtown.

7 Responses to “Calgary: Jaula de cristal”

  1. Hola, me gustó su forma de enfocar la ciudad, tengo la oportunidad desde hace varios años de visitarla y no encontraba las palabras exactas de describirla, pero si sentía y observaba exactamente los mismo que vos. Las personas son duras pero si alabo su sentido de “limpieza” y respeto, algunas veces rayando a lo ridículo o tal vez como latina, más acostumbrada a “nuestras malacrianzas”, pero en general me gusta, sus días pasan muy diferentes al desorden de mi país, de tan solo 5 millones y un territorio tan pequeño como Costa Rica, en el cual te sientes que no tienes ninguna privacidad ni en tu propio patio!!.

  2. Este año visitaremos las rockies y me puedo hacer una idea de la ciudad por lo que dices. Que Calgary sea la sede y exponente de la industria del petroleo ya la convierte en una ciudad antipática para mí, sobre todo después de leer y ver imágenes de las arenas bituminosas. Es triste que esta región haya vendido su naturaleza, ya de por sí una industria, a la ambición del dinero. Ya se que en todos los paises a cambio de trabajo hacen lo que sea, pero esta extracción agresiva del petroleo es verdaderamente un atentado contra el medioambiente que nunca creerías posible en Canadá. En todo caso gracias por el artículo.

  3. Tengo un familiar en esta ciudad y ahora me imagino y comprendo como es su convivencia con esta sociedad, el ambiente en el que ese desarrolla … gracias por esta información muy importante Canadalandia !

  4. Me agradaría que la sociedad y el estado tomen conciencia de lo importante que es la inserción de los ciudadanos First Nations, al final ellos son legítimamente herederos de todas estas tierras no debieran ser ni replegados, ni marginados
    pues gracias a estos terrenos las explotadoras de petróleo obtienen todas sus ganancias, debieran ser agradecidos de usar suelos ajenos y recompensar a sus verdaderos dueños…

  5. Maria de los Angeles Ligarotti Responder

    Te agradezco la agudeza de tus observaciones, mi hija , su esposo y su bebé van a radicarse por trabajo dos años ahí y voy a ir a visitarlos. M e has dado un panorama real de la ciudad y como sería vivir en ella para una latina de mediana edad.

  6. gloria giraldo Responder

    hola soy viuda y deseo trabajar en canada con mi hijos pero no se nada del idioma que posibilidades tengo para hacerlo

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