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Vivir en el tren (The Canadian VII)

Después de tres noches en el tren, cuando vamos atravesando el oeste de Ontario entre los viajeros ya empieza a haber un poco de familiaridad. Es evidente que, a estas alturas, todos estamos ansiosos por llegar ya a Toronto, pero ya empiezan a crearse rutinas y confianzas en esa casa de Gran Hermano

La seguridad de mis posesiones empieza a darme un poco igual, así que dejo mi ordenador o mi libro electrónico en el asiento a la vista de todos durante horas. Siempre lo encuentro igual cuando vuelvo. Sólo me llevo la cámara, y más por temor a perderme una imagen interesante que grabar que por temor a que desaparezca. Cada vez saco más cacharros y, claro está, esto tiene sus consecuencias: el bolsillo delantero de mi asiento está atestado con cables, cargadores y demás adaptadores. Allí lo encuentro todo cada vez que me lanzo a alguna incursión de exloración por los vagones del tren.

Los fumadores del tren han establecido cierta camaradería y, de vez en cuando, les ves lanzarse por el pasillo en búsqueda de la puerta abierta cuando les avisa algún empleado del tren cada tres o cuatro horas por una parada mínima en alguna estación secundaria esperando a que se cruce algún mercancías o aprovechando para repostar. A ellos se les une un chico que lleva un perro desde Vancouver en el vagón de los equipajes y que lo saca a dar una vuelta y a airearse cada vez que puede.

The Canadian Ontario

Los pasajeros charlan en una de las paradas

A media tarde paramos en un pueblo pequeño llamado Horneypage, donde nos quedamos unos 20 minutos, tiempo suficiente para acercarse a la tienda y darle unos minutos de gloria a la economía local. Supongo que, para poblaciones tan pequeñas, el hecho de que pare un tren y de repente lleguen 20 ó 30 personas a la tienda debe ser todo un acontecimiento.

Un concierto improvisado

Después de la cena, pasa un empleado del tren por los vagones para invitarnos a un concierto improvisado en uno de los coches salón. Nos acercamos ocho o nueve personas para ver a un chico que lleva una guitarra y se pone a tocar. No es malo, pero todas las canciones que toca se parecen un poco unas a otras. O eso, o es que después de tres días de viaje no está la cabeza para comprender la música.

Cada vez me da más pereza coger el ordenador y ponerme a escribir, así que he hecho del libro electrónico el mejor aliado de este día. Contra todo pronóstico, aguanto bien el aburrimiento; pero sí que es verdad que el cansancio empieza a pasar factura.

El tiempo va mejorando poco a poco. En la parada nocturna, antes de intentar dormir un poco, he salido a la estación con los fumadores sin necesidad de llevar la cazadora. Era soportable. Había nieve alrededor de la estación, pero ya esa nieve ennegrecida y antigua, de esa que debería empezar a derrertirse en cuestión de horas. Ya no nieva al paso del tren, pero sí que nos llueve de vez en cuando.

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No Responses to “Vivir en el tren (The Canadian VII)”

  1. Buenos comentarios.me son de mucha utilidad dado que pretendo en julio hacer el recorrido;y era lo que me interesaba saber respecto a lo largo del viaje, aquí lo único será saber como bajar en algunos lugares y ver costos gracias.

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